martes, 13 de diciembre de 2016

Borrar lo que escribimos.

["BORRAR LO QUE ESCRIBIMOS", colaboración en krakens y sirenas el 20 de Abril de 2016]

El folio parece bailar al ritmo del temblor de mis manos. Los ojos siguen brillantes por la emoción. Hace una semana que estoy de vuelta, en casa, y acaba de llegarme la carta. Tengo clavada en la memoria su sonrisa y mirada tierna, con el flequillo casi tapándole un ojo, de esa manera descuidada en que le gusta llevarlo. Estábamos en la cocina esa última mañana, con el desayuno por testigo y casi sin tocar; acariciaba mis manos distraídamente, como si fuera una conversación más de las que habíamos tenido ese mes.

Un mes. Un mes entero, con sus días y sus noches, que no podré olvidar. Me lié la manta a la cabeza y decidí no partir mis vacaciones este año. La situación en casa llevaba meses tensa, ambos necesitábamos un poco de distancia, así que mataba dos pájaros de un tiro (y no sabía si, de paso, las pocas esperanzas vanas que aún me quedaban). El pensar en un contacto de una red social, a quien no has de dar muchas explicaciones porque no sabe demasiado de la situación en casa, se me antojó perfecto como vía de escape.
Se lo propuse y aceptó, así de sencillo. Y así ha fluido todo desde el principio, con una compenetración que no admitía dudas ni reparos. Vive junto al mar, ¿cómo no iba a apetecerme? Eso me dije…y que es buena gente, y que me transmitía un buen rollo que no podía ignorar. Eso también me lo dije. Lo que hice fue ignorar el magnetismo de su sonrisa y su mirada tierna. Malditos ojos. Maldita boca.


Todo ha sido sencillo, demasiado fácil; como deslizarse por un tobogán donde se mezcla la emoción, la sonrisa boba de los inicios y una atracción imposible de ignorar. Desayunos interminables; tardes de siesta, libros y juegos de miradas; noches de copas tras la cena, con charlas cargadas de risas. Y deseo, mucho deseo impregnándolo todo…
¡Con todo lo que intenté resistirme! Porque no sólo había que pensar en quien había dejado en casa, además tenía que lidiar con los prejuicios que mi cabeza estaba encantada de recordarme. “¿Cómo vas a tener una aventura la primera vez que te permites unas vacaciones sola, en años? ¿Tan facilona eres?” Esos pensamientos me atormentaron unos días, pero claudiqué. La culpa la tuvo el mar, que me hace olvidarme hasta de mi nombre.

Al principio fuimos a una playa donde disfrutar de la brisa y el mar; con el paso de los días, el aumento de las confidencias y la confianza, también se incrementó la tensión sexual que flotaba en el ambiente, así que acepté sin titubear la propuesta de ir a una playa nudista. No era la primera que pisaba pero sí lo era yendo con estas ganas impregnando mi piel. Ni con mi marido, por Dios, aunque algún día nos había animado la noche el ir a una.
Desde que vi desaparecer la ropa de su cuerpo, hasta el último rayo de sol que disfrutamos allí, fui incapaz de disfrutar del mar como suelo hacer. Miradas furtivas que corrían a esconderse al principio, aunque sólo por mi parte. Las caricias de la brisa recorriendo mi cuerpo, TODO mi cuerpo, y su cercanía fue un cóctel que me empapó; un cóctel con el que me dejé embriagar y del que quería emborracharme. Me buscaba la mirada de vuelta a su casa y dejé que la encontrara. Hubo algún roce de manos y, finalmente, su mano se atrevió a posarse en mi muslo. El coche se llenó de silencio. Sin tensión ni dudas.

“¿Qué estás haciendo? No vas a ser capaz…”, eso me susurraba una voz cada vez con menos fuerza. El primer beso fue tan lento que pensé que alguien grababa mi vida a cámara lenta. Aún tengo viva la sensación de sus labios en los míos.
El beso de otra mujer. Me supo a gloria bendita, ése y los siguientes. Mis manos se morían de impaciencia y curiosidad por conocer su piel. Bajo la ducha todo se deslizaba recorriendo nuestros cuerpos: el agua, llenando nuestras bocas y rincones; las manos, las lenguas y labios seguían los ríos de agua, sin prisa, descubriendo. Sus pechos, ¡cómo gocé de sus pechos! Todas mis fantasías quedaron reducidas a sueños, tontos y pequeños, ante el deleite de la dureza de sus pezones en mi boca.
El calor de su sexo llenó mis dedos, mi mano y mi boca. Quería llevarla al delirio. Y eso que mi cuerpo no parecía estar hecho para ese pecado, una delicatesen que me había estado negando a mí misma hasta ahora. Fue la primera noche que dormimos juntas. Aún quedaban algo más de dos semanas allí; cuando mis miedos hicieron amago de aparecer, les di una patada y los emplacé para la vuelta a casa. Los mejores quince días de mi vida, ni mi luna de miel… ¿Cómo podía ser?

Eso me preguntaba aquella última mañana en la cocina, con sus dedos enredados en los míos, sin casi poder hablar mientras ella me hablaba de un ‘hasta luego’. “La vida tiene un as guardado en la manga para quien tiene algo tan especial, me decía. Y mi absoluta certeza de que estaba equivocada no me permitía emitir una sola palabra. ¿Para qué rebatirle? Quizá tuviera razón, pero yo estoy convencida de que las circunstancias mandan y a mí la vida nunca me trajo segundas oportunidades.

Apenas hablé, me contenté con pedirle unas últimas horas de caricias, abrazos y besos interminables.
Y aquí estoy, con un vacío que no consigo hacer bajar, uno que se ha alojado en el hueco donde acaba mi garganta y comienza mi pecho. Sus palabras bailan ante mis ojos. Las releo una y otra vez. Mi cuerpo entero tiembla ante la lucha interna entre el “quizá tenga razón” y el “ojalá, cielo, pero no tienes ni puta idea de cómo funciona el mundo”. Y vuelvo a leerla, una vez más…

“No te diré que la casa está vacía sin ti, soy yo la que se siente vacía sin tu presencia cerca. Sé que ha sido real, honesto, esto es amor mi niña preciosa.
Si decides saltar a ese precipicio que te parece ver, aquí estoy. No lo dudes un instante, ni el tiempo ni la distancia podrán borrar lo que escribimos en la piel.
Te llevo impregnada en mi ser. Te espero.”

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