Cena en su casa. Llevo una
botella de vino que me pidió que no trajera; el traerme sólo a mí misma me
parecía, no poco, pero sí algo desconsiderado. Esta situación es nueva. Es
viernes, el último de enero, y con las bajas temperaturas de estas fechas, el
frío atempera un poco mi cuerpo; un leve hormigueo me recorre entera, entonando
la temperatura corporal más de lo que me gustaría. Es Marcos, lo sé, pero
justamente por eso, porque esto ya no es como cuando quedábamos a comer pizza y
ver una peli.
Marcos y yo nos conocimos
el último año de carrera, hace unos años ya, a través de un amigo común, y al
poco tiempo éramos íntimos. Desde el principio hubo una complicidad que iba más
allá de plantearse nada físico; sí, existió una tensión sexual, pero ambos la
ignoramos, especialmente por respeto a Marina, su novia entonces y su mujer
después. Él estaba enamorado hasta las trancas y aunque a mí siempre me gustó
mucho, lo que me aportaba como amigo pesó más que la hipótesis de un algo.