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jueves, 21 de julio de 2016

Cambio de Rumbo III

 ["RUMBO FIJADO": colaboración en krakens y sirenas el 29 de Junio de 2016]

El sol calienta, casi quema la piel que ya muestro y claro, como todos, echo de menos lo que no tengo. Ahora me gustaría que anduviera lloviendo, con el sonido de las gotas golpeando la ventana. Sí, la usaría como excusa para esta tristeza que se me ha agarrado al corazón. No hay nada roto, sólo ha sufrido arañazos pero este cambio de rumbo ha sido forzado, así que le he pedido tiempo y me lo ha dado; ninguno de los dos esperaba que yo me fuera a sentir así, sobre todo yo. ¡Con lo que había meditado la situación y sus posibles consecuencias!

Aquella primera vez en el motel, eso recuerdo ahora… ¡Si lo hubiéramos dejado  ahí! Pero él, una vez abierta la puerta, quería más. Fue excitante, diferente; encontré en aquel motel a un hombre al que no conocía, que me hizo mirar a una parte de mí que no reconocía tampoco. A pesar de que yo había hablado de reglas, ciertas normas para fluir ambos en la misma dirección, una vez allí, ninguno de los dos las cumplimos. El sexo pasó a ser salvaje, usábamos las miradas de amor y deseo, tan reconocibles entre nosotros, como preliminares para embestirnos a continuación como si jamás hubiésemos follado juntos. Hasta esa noche nunca había desconectado tanto de la que suelo ser; me olvidé de quién he sido o cómo suelo ser. Y me gustó.

lunes, 6 de junio de 2016

Cambio de Rumbo II

[ "DEMASIADO OCUPADO" en krakens y sirenas Colaboración del 04 de junio de 2016]

Suena el despertador y quiero bajarme del mundo, un ratito. Me llega el olor a café, y no necesito alargar la mano para saber que el otro lado de mi cama está vacío ya. Voy directa a la cocina o ya no tendré ni siquiera ese abrazo en la mañana que, a pesar de llevar dos años viviendo juntos, aún necesito. El estrés no le quita la sonrisa, ahí está, toda mía en cuanto me ve entrar, y prepara mi taza especial para servirme el líquido que siempre digo que me da media vida, cada mañana. Le abrazo, hago hueco en su cuello, cierro los ojos y me transporto unos segundos, no tengo mucho más. Estoy en casa. Ese abrazo es el que me da la vida en realidad, pero lo callo, lo sabe.

Se marcha a la carrera, como siempre, y saboreo el café un poco, paladeando el eco de sus brazos en mi cuerpo. Las margaritas me sonríen desde la mesa de la cocina y es que, son las únicas a las que miro, despreciando el rojo ensordecedor de las rosas a su lado; como a él, que es el único al que sigo deseando. Aún me sorprende ese ramo, él no es especialmente detallista.

jueves, 2 de junio de 2016

Cambio de Rumbo I

 ["TACONES, MENTIRAS Y UN MOTE"L: colaboración en krakens y sirenas el 15 de Mayo de 2016]

“¡Tacones!”, farfullo. Los malditos tacones de vértigo sobre los que camino son los que me están matando. Él dice que me balanceo sobre ellos de una manera que le marea, pero ya le explicaré el efecto que tienen en mis pies. En realidad ha sido culpa del coche, que me ha dejado tirada a… ¡Joder, no sé a cuánto estoy de la dirección que me ha dado! Llevo caminando veinte minutos, a doce centímetros del suelo, y según el navegador de mi móvil, aún me falta un tercio de la distancia. Respiro hondo, paso de que este mal humor me joda la aventura.

Nota mental: coger algo más que las llaves del coche y el móvil la próxima vez.

Reduzco el paso y repaso el plan en mi cabeza. No me espera en la recepción y cuando, hace quince minutos, ha preguntado por whatsapp si pasaba algo, mi respuesta simplemente ha sido “un contratiempo”. No hay ningún cartel luminoso que indique que he llegado, pero ya lo he hecho, según mi móvil.

“Ya estoy aquí”. “Apartamento 212”.

lunes, 2 de marzo de 2015

Cena Casera III

(AQUÍ CONTINÚA Cena Casera II )

Miro la música que hay más a mano entre los CDs y veo a Sade, mi adorada Sade, y cambio la música, casi pidiendo disculpas al tal Andrés Suarez, que suena muy bien, por cierto. Parece que su idea de darme de cenar iba más allá de preparar comida y, la verdad, mi sexo le está mostrando a mis bragas lo contento que está por ello. Dejo que la música de Sade me relaje; parada, de pie, con los ojos cerrados y dejando mi cuerpo balancearse apenas, como un junco con la brisa.
Doy un pequeño respingo al sentir las manos en mis caderas y su cuerpo pegado, moviéndose al compás. Sus pies descalzos le han permitido venir sin anunciarse. Sé que si alargo un poco mis manos hacia atrás tocaré sus muslos, desnudos, pero me concentro en sentirle mientras somos uno en el movimiento. Sus manos se mueven, me acarician el vientre y suben, audaces, en busca de esos montes que esperan con ansia ser alcanzados. Muevo un poco mis caderas, dejando que sienta mi trasero. Se pega más a mí. La boca se abre paso hasta llegar a mi cuello, aún entre el cabello, y su aliento caliente me roza. Aparto a un lado el cabello y su lengua, entre los labios, me recorre desde el hombro hasta detrás de la oreja. Amasa mis pechos por encima de la ropa.

domingo, 1 de marzo de 2015

Cena Casera II

(AQUÍ CONTINÚA Cena Casera I )

Llevaba cinco días bastante enferma, un virus se había aferrado a mí y no había manera de quitármelo de encima. El médico tuvo que venir a casa. Entre la medicación, la diarrea y las pocas ganas de comer, me encontraba muy débil. La fiebre de los dos primeros días había desaparecido pero apenas salía de la cama. Marcos me llamaba más de una vez al día y, el segundo, me dijo que se pasaría a verme pero en ese momento estaban con los preparativos de la boda y entre eso y el trabajo…en fin, no se pasó.
Ya estaba acostumbrada a no tener a mi familia en la ciudad, pero encontrándome tan mal echaba especialmente de menos tener a Marcos por la casa. Después de esos cinco días en cama, y ya sin fiebre, empezaba a notarme sucia, con el pelo y la piel oliendo a enfermedad. Me estaba planteando levantarme pero no sabía muy bien si comenzar por la cocina y comer algo o el baño y sentir el agua de la ducha, cuando escuché la llave en la puerta…Marcos, sólo él tenía llave.
Durante un instante un sentimiento de rencor, por no haber venido antes, se mezcló con el de agradecimiento. Escuché cacharros en la cocina y, por fin, sus pasos acercándose al dormitorio.

Cena Casera I

Cena en su casa. Llevo una botella de vino que me pidió que no trajera; el traerme sólo a mí misma me parecía, no poco, pero sí algo desconsiderado. Esta situación es nueva. Es viernes, el último de enero, y con las bajas temperaturas de estas fechas, el frío atempera un poco mi cuerpo; un leve hormigueo me recorre entera, entonando la temperatura corporal más de lo que me gustaría. Es Marcos, lo sé, pero justamente por eso, porque esto ya no es como cuando quedábamos a comer pizza y ver una peli.
Marcos y yo nos conocimos el último año de carrera, hace unos años ya, a través de un amigo común, y al poco tiempo éramos íntimos. Desde el principio hubo una complicidad que iba más allá de plantearse nada físico; sí, existió una tensión sexual, pero ambos la ignoramos, especialmente por respeto a Marina, su novia entonces y su mujer después. Él estaba enamorado hasta las trancas y aunque a mí siempre me gustó mucho, lo que me aportaba como amigo pesó más que la hipótesis de un algo.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Robando Momentos (extraído de mi cuenta en twitter...)

21-11-2014
El viento azota su cara con fuerza al traspasar la puerta. Sus ojos se cierran por un instante para protegerse pero la sonrisa se mantiene. Es casi la hora de comer y lleva más de 24h en pie, pero la sonrisa sigue intacta... La ropa la siente como algo donde su cuerpo se esconde para atesorar las heridas de guerra sólo para ella. Aún siente el calor de sus manos en la piel y cada poco da algún traspiés porque sus muslos aún caminan débiles. Ese temblor le recuerda las horas de sexo desmedido y esa humedad que apenas la ha abandonado vuelve a hacerse más patente. La idea de volver le cruza la mente y la sonrisa se convierte en carcajada. Algunos miran... Le da la sensación de que su cuerpo debe desprender un olor a sexo difícil de disimular. No le importa, relentiza el paso y disfruta del sol que acaricia su cara por el parque. El móvil suena. Es él. "Te echo terriblemente de menos ya. ¿Porqué no vuelves?..." Silencio. Se para. Duda, pero decide dilatar la vuelta y poder comersen de nuevo con ansia en el próximo encuentro. FIN.

24-11-2014
Lunes, aún no son las 10 y ya se remueve inquieta en la silla. La reunión acaba de empezar pero su cuerpo ya ha reaccionado al verlo. Todavía no han cruzado ni una sola mirada pero sabe que a él no le ha pasado desapercibido el corto del vestido hoy. Se nota salibar más de lo normal. Mientras él expone algo, de pie, no consigue apartar los ojos de su trasero. Traga.

viernes, 19 de septiembre de 2014

Miércoles Noche

He tenido que salir de casa, y malditas las ganas que tenía. Los críos de la vecina de arriba tienen la noche tonta y mi mal humor amenazaba con desatarse hasta convertirse en cabreo monumental. Es miércoles y, por mucho que sea verano, ni siquiera tengo por delante la expectativa de bares llenos de gente en los que esconderme hasta que el alcohol me ayude a coger el sueño. Hay terrazas con charlas distendidas pero la ciudad está bastante vacía a estas alturas del mes de agosto y a mí me apetece un sitio conocido donde sentirme cómoda. Mis pasos van a su aire y, casi sin darme cuenta, llego a ese bar donde ni siquiera tengo que pedir lo que quiero beber porque me conocen bien. Al entrar veo que en el escenario, donde a veces hay actuaciones en directo, hay unos chicos preparando altavoces e instrumentos. ¿Hay concierto hoy? Eso me confirma el camarero cuando le pregunto y maldigo haber salido de casa de cualquier manera. La coleta en lo alto, camiseta de esas que a la que te descuidas se bajan hasta medio brazo y el vaquero cómodo más viejo del armario, esta no es manera de presenciar un concierto… Da igual, me tomo una copa y me marcho.

Ando pensando estas cosas mientras el camarero me prepara el amaretto con limón exprimido, como me gusta. Este sitio siempre me trae recuerdos que duelen pero que, inevitablemente, una y otra vez, me empeño en recordar al venir. Recuerdos que se deslizan entre los hielos y que incrementan la intensidad de los sentimientos a medida que el líquido va disminuyendo. La banda comienza a tocar y una música de jazz suave llena el local; lo llena todo, hasta mi piel parece estar impregnándose de ella y al poco todos esos sentimientos se desbordan en un par de lágrimas. Aprieto los dientes, estoy cansada de llorar por él.

viernes, 2 de mayo de 2014

La cena

Era sólo una cena y, a la vez, era mucho más. Me puse medias, liguero, era la primera vez que me atrevía a vestirlo, y dejé mi sexo al descubierto. Seguramente él me mandaría al baño a quitarme las bragas durante la cena, pero quería darle la sorpresa de no llevarlas, que supiera que, a esas alturas y después de las insinuaciones o charla que seguramente estaríamos teniendo, estaba húmeda y lista. Adelantarme, intentar sorprender a quien tiene tanto mundo corrido. El vestido se cruzaba y para él sería fácil abordar mis muslos en cualquier momento. Me excitaba la idea de no saber en qué momento el educado dejaría paso al depravado (así era como se autodenominaba). Me veía un poco más tarde, en una situación poco decente, en público, y no me reconocí...el grado de mi excitación estaba a la altura de la vergüenza. Taconazo y labios rojos...quizás demasiado rojos, pero mi parte depravada se impuso: dejarme llevar y no esconderme. Al caminar sentí cómo se rozaban no sólo mis muslos, sino también mis labios...y mi sexo sonrió complacido.


El primer encuentro fue en esa librería donde suelo ir alguna que otra vez, cuando me canso de leer en la pantalla y voy a gastarme un dinero que no me sobra para poder saborear de nuevo el placer del pasar páginas en papel.  Suelo perderme en la sección de literatura erótica durante un rato, buscando nuevas lecturas que contengan algo de trasfondo acompañando al sexo. La sensación, perdida entre las estanterías, siempre es de una cierta excitación ante la posibilidad de un nuevo flechazo con las letras. El primer roce pensé que era casual, sin premeditación, al fin y al cabo el espacio entre estanterías es demasiado pequeño para que quepan dos personas. Rozó apenas mi culo con su mano al pasar y aunque me aparté en cuanto lo noté, ya era tarde. Se fue a otro pasillo y no le di más importancia. Al rato, de nuevo absorta en el primer capítulo de una posible compra, escuché un “Perdona”, bajito, a la vez que dos manos se posaban sobre mis caderas y volví a percibir un roce en el trasero, más lento y obvio esta vez. Un respingo me sacudió y propició que sus manos me liberaran, pero el sobresalto ya se me había adherido a la piel y me giré a mirar. La situación era un poco surrealista porque realmente había poco espacio, pero también es verdad que aquel acercamiento personal no era necesario. Lo que encontré fue una sonrisa, ni lasciva ni prepotente, una simple sonrisa divertida ante mi nerviosismo; evidentemente a mí no me hacía gracia la situación, pero la realidad es que él apenas se había movido y seguía a mi lado, sólo se había molestado en separarse algo, lo justo para que los cuerpos no se rozaran. Y ahí vino lo curioso, no me sentí molesta; vi su sonrisa, su pelo canoso y algo largo, para la edad que su cara contaba, y no atiné a decir palabra. " Hola", sólo eso dijo, y el silencio que envolvió su saludo pareció darle alas a su confianza, traduciéndose en un gesto lento y decidido: me besó.

viernes, 14 de febrero de 2014

Nos reconocimos II

(AQUÍ CONTINÚA Nos Reconocimos I )

Una vez en el taxi, sin importarnos estar empapados, volvimos a enredarnos en besos y abrazos. Todo fluyó y al llegar a su casa, mojados como estábamos, me ofreció una toalla primero y luego una copa, para entrar en calor, me dijo. El sofá era grande y parecía cómodo pero no me atreví a sentarme con la ropa empapada, pero debió darse cuenta de esa mirada de reojo al mueble porque, con esa sonrisa que me ganó desde el primer instante en que apareció, se acercó y me besó con tiento.

-  Creo que a los dos nos vendría bien una ducha caliente.

Le miré sin saber muy bien si acababa de insinuarse pero me quedé allí, inmóvil. Salió del salón, sin reclamarme y escuché de fondo el sonido del agua así que aproveché para acercarme al equipo de música y lo puse en funcionamiento sin ni siquiera mirar qué había puesto. Frank Sinatra me envolvió y me dediqué a mirar más en detalle la decoración. Observé con deleite el cuadro grande que decoraba la pared sobre el sofá y que llamó mi atención desde que entré. Era un desnudo femenino donde la mujer se mostraba de perfil, sentada sobre sus talones y agachada, en posición de recoger algo, dejando sus pechos asomarse al precipicio que se extiende bajo ellos. La cabeza estaba ladeada hacia el que mira, con sonrisa cómplice y mirada traviesa. Así, embelesada, me halló él cuando apareció. Se situó a mi espalda, cerquita y me susurró al oído.

lunes, 10 de febrero de 2014

Nos reconocimos I

Nos reconocimos. En el tren, con una libreta y un bolígrafo, escribiendo a la vieja usanza y el interés se disparó, la curiosidad hizo acto de presencia y hasta su postura corporal cambió. Timidez. ¿Cómo comenzar a conversar? Esa corriente de energía ya se había generado y ahora la duda era qué colocar en ella: qué palabras; en qué momento; cómo gestionar las sonrisas.

- Perdona, ¿escribes un artículo?

Así de escueto, educado y directo comenzó a conversar. Simplicidad en estado puro. ¿Cómo no contestar a eso si además venía acompañado de una bonita sonrisa?
Apenas unos minutos de conversación pero da tiempo a reconocerse, a saber que podrías estar horas hablando. Pero hay gente alrededor y a pesar de intercambiar información no muy reseñable, sentí que el espacio estaba invadido. Esa burbuja donde dejar fluir confidencias y experiencias más personales no era posible. Estábamos en un tren; mesa de cuatro, espacio compartido.
Aún no sabía en ese momento sobre lo que escribía. Si supiera que mientras me ha observado y se ha decidido a hablarme yo estaba inmersa en una escena de sexo que me tenía transportada a otro instante, mucho más íntimo, donde ninguno de los presentes alcanzaba a estar excepto yo.

jueves, 15 de agosto de 2013

Cumpliendo deseos



Medio desnuda. Sólo mi quimono corto de seda, el que tanto me gusta llevar en casa, y un pequeño tanga me cubren. Satisfecha. Saciada. Con una sonrisa de oreja a oreja porque aún le tengo en casa, y aunque cansado, sé que todavía está listo para algo más de este juego delicioso al que hemos estado jugando las últimas cuatro horas. Ha llegado después de semanas sin vernos con su misma actitud de siempre, pagado de sí mismo y con esa media sonrisa con la que parece estar guardando un secreto, algo que sólo él decide cuándo mostrar. Siempre me recuerda a un niño juguetón y codicioso que guarda su chocolatina favorita para decidir quién se merece compartirla.


Lo he dejado en la cama ronroneando, sin querer levantarse, perezoso, estirándose como un gato, y yo he puesto música tranquila que me resulta muy sensual, con la que a cada suave movimiento de mi cuerpo la seda me acaricia. Estoy preparando un batido de frutas que nos reponga del esfuerzo, pero mis sentidos están tan alerta que me olvido de lo que escucho sintiendo resbalar el zumo de los kiwis que tengo en las manos. Empiezo a cortar en pedacitos, despacio, para alargar la sensación del líquido resbalando entre mis dedos. Noto sus brazos alrededor de mi cintura y por encima de mi hombro le siento mirar lo que hago, cómo juego tocando la fruta y los regueros del zumo se deslizan bañando mi mano con riachuelos verdes.

martes, 26 de marzo de 2013

Despertares



Desperté y lo tenía pegado a mí. Podía sentir el calor, el cosquilleo de su vello en mi espalda y la dureza de su pene pegado a mis nalgas. No se movía. Un brazo rodeaba mi cintura y el otro, bajo mi cuello, se había colado buscando la mano un camino entre mis pechos para poder llegar a rozar uno de mis pezones. Sus piernas, pegadas a las mías, intentando no dejar resquicio alguno entre mi cuerpo y su miembro duro, ése que se había acoplado a aquel pliegue entre las carnes prietas y parecía haberse refugiado allí como si fuera la última trinchera. De vez en cuando, apenas un suave movimiento de lado a lado y hacia delante, como unos pasos de baile dados sin pensar, lo justo para asegurar la posición.

Me resistía a moverme y así, aún adormilada y con los ojos cerrados, disfrutaba de la sensación del calor de su piel, su roce en la espalda y aquella polla dura llena de promesas. Él no era consciente todavía de que había despertado, ni siquiera estaba segura de que él estuviera despierto del todo. Mi cuerpo empezó a reaccionar y el calor ya no provenía de él, sino de mí, de cada poro de mi piel. Me moví un poco, asegurando que no cabía entre mis nalgas nada más que aquella verga empalmada, lista para mí. El movimiento hizo que mis muslos se rozaran y sentí mi sexo húmedo, expectante.